Aunque ya llevamos aquí unos mesecitos y nos queda poco para irnos, en lo fundamental, sigo igual de confusa que antes de venir. Africa es muy grande y no se puede generalizar, pero la verdad es que la mayoría de la gente que vemos vive de forma extremadamente básica, lo cual hace sus vidas bastante simples, pero a menudo, también desesperadas. La lucha por la supervivencia, el no tener dinero en los bolsillos, ni por supuesto cuenta en los bancos (muchos ni siquiera están registrados civilmente), hace que efectivamente la vida sea mucho más sencilla que las nuestras, sí, y la alegría seguramente más pura y la risa a flor de piel, pero también hace que convivan constantemente con el dolor y el hambre o la angustia como telón de fondo. ¿Qué hacer?

El hambre se puede solucionar, me decía un amigo antes de venir (¿te acuerdas, Adolfo? ;-P). Pero es que, aunque cogieramos todas las provisiones de comida que existen en el mundo, en los almacenes de todos los continentes, cantidades ingentes, y se repartieran equitativamente entre todas las personas que lo necesitan, esas provisiones se acabarían eventualmente, y volveríamos a tener el mismo problema. La raíz del drama es la escasez de medios de sustento sostenibles. Ese es el problema del hambre. Por ello la educación es un pilar crucial de este problema mundial, porque aquél/la que sabe desenvolverse con las matemáticas, y por supuesto sabe leer y escribir, y tiene al menos conocimientos mínimos en un tema, puede dedicarse a una profesión concreta, generar valor añadido en su comunidad, diferenciarse y asegurarse un ingreso, ¡¡algo!!, en lugar de que los espíritus de los antepasados decidan nuestro destino este año, otra vez.

Y aun así, el sentimiento de Comunidad en sentido amplio que reina en Africa, incentiva tanto la solidaridad y el compañerismo humano ante cualquier desgracia o necesidad como simultáneamente desincentiva el carácter emprendedor, pues todo aquello que uno consiga lo tendrá que repartir entre todos los que pasan hambre en su familia de -normalmente- unos 30 miembros.

Como profesional del tema que huye del paternalismo, NO debería pensar ni decir esto, pero Africa me da pena. Cómo no apenarse de los que te miran con fascinación y envidia por ser “rico”, creyendo que es el color de piel el que te hace tener dinero; cómo explicarles que hay mucho por detrás de este dinero, aunque no es mérito mío, ni sé a quién agradecerle que se genere tanta riqueza en la -egoista y no demasiado solidaria- civilización del Norte… Por supuesto, regalar no es la solución, pero no puedes por menos que compartir algo, porque estar aquí apela a tu humanidad constantemente y te hace sentirte frustrado y devanarte la cabeza buscando una solución, más a menudo incluso que cuando estábamos lejos.

A veces pienso que debería repartir todo lo que tengo, venderlo y quedarme sin nada, ser igual que ellos para quedarme tranquila. Pero cómo haría el reparto para que no fuera injusto, y ¿serviría de algo?

Quizá, -y este sentimiento lo compartimos muchos de los que trabajamos aquí y algunos que nunca han estado, aunque aparentemente suene radical y duro- las ONGs, los países del Norte deberían dejar a su aire al Sur, dejar el continente a su suerte y darle tiempo -como a los niños pequeños- a que busquen sus propias soluciones, en lugar de acostumbrarles, en el mejor de los casos, o imponerles en el peor de ellos, las nuestras… Pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Y quién es capaz de iniciar eso?…

Como veis, muchas preguntas, pocas respuestas… Muchos besos.