-Las madres aquí (pocos padres se ven, aunque el gobierno pone anuncios para animarles) no necesitan cuco, maxicosi, moises, carrito de paseo, cuna, cambiador, ni todas esas cosas imprescindibles a nuestros ojos, para transportar a su bebé (a veces bastante creciditos)… Con una capulana -tela grande muy popular de vistosos estampados- o una manta se apañan: se agachan hacia delante, -no sé cómo (es más rápido que el ojo)-, ponen al niño tumbado bocabajo en su espalda, se rodea todo con la tela y se ata delante tipo bandolera por arriba, y por abajo, recogiendo el culete del niño o la niña para sujetar todo su peso, y ahí van las dos por toda la ciudad, dos en uno… Y es raro ver mujeres sin el koalita detrás.

- Es curioso cómo la sensación de escasez cambia tu percepción de las cosas y te hace apreciar todo más: al saber que aquí todo es escaso, sobre todo el dinero, ya no se te ocurre tirar comida (se la ofreces a los guardias que cuidan el compound), no se te ocurre tirar una botella de agua vacía (se la regalas a alguien, que la venderá pues se recompran como recipientes), o un juguete medio roto (¡eso es un tesoro desconocido!), una palangana vieja, una sartén cascada, las ramas secas que ves por el suelo (para la hoguerita nocturna diaria), las papayas que caen de nuestro árbol (para comerlas por supuesto), cualquier libro leido es rápidamente intercambiado por otro, pues no hay librerías, y así cualquier cosa de las que habitualmente acaban en nuestras basuras en España, -y encima las tiramos con sensación de orgullo por ser capaces de hacer “limpieza” y no acumular “tonterías”-; pues esas tonterías, aquí son preciosas…

- << Moni! (= ¡Hola!)     Muli bwanji? (=¿Cómo estás?)     Ndiri bwino, kaya inu? (=Muy bien, ¿y tú?)      Ndiri bwino, zikomo (=Bien, gracias)>>, es el diálogo habitual que intercambias con cualquier persona que te encuentras, la conozcas o no… Ellos, a toda velocidad; nosotros, pensándolo un poco… jeje.

- Vivimos en una burbuja: nuestro barrio es bonito, nuestra casa preciosa, tenemos coche para movernos y dinero para comer todos los días, irnos de vacaciones y básicamente, hacer lo que queramos. Pero por supuesto, el resto no vive así. Lo recordamos cada vez que salimos de casa, o de Lilongwe, al ver las aldeas, y las gentes que no viven en la ciudad, y también al ir a otros barrios, que son muy parecidos a las áreas rurales: casas modestísimas, construidas por ellos mismos, niños y niñas por todas partes, escasez, alguna bici… Y los sentimientos encontrados son casi siempre leves, pero diarios.

- Por último, y perdonad que lo repita, pero me sigue sorprendiendo que aquí no hace falta ir al zoo para ver bichos: pequeños y no tan pequeños, conviven con nosotros… Besos.